Cuando yo era un joven cocinero, mi timidez me convertía en una persona muy poco comunicativa. Prefería el calor de los fogones al bullicio de la conversación, y mis palabras se perdían entre el chisporroteo de las sartenes. Sin embargo, con el paso del tiempo, comencé a ascender en mi profesión y con ella, mi necesidad de expresarme. El silencio que me protegía se fue transformando en la herramienta fundamental de mi oficio. Ya fuera como chef de un restaurante, liderando un equipo, o como chef instructor, transmitiendo conocimiento, descubrí que la comunicación era el ingrediente secreto que daba sabor a mi carrera y que me permitía, por fin, conectar con los demás.

Recuerdo, que una vez, durante la celebración del Día de la Madre, el restaurant donde trabajaba se convirtió en un auténtico caos. Los pedidos no llegaban a los clientes correctos, porque se los entregaban a otras mesas. Las quejas se multiplicaron y la confusión se apoderó tanto en la cocina como en el comedor. Todo fue consecuencia de una pésima comunicación entre el personal. Esa experiencia me enseñó una lección invaluable: la comunicación es fundamental en cualquier situación, especialmente en eventos atípicos donde la presión aumenta. Desde entonces, nunca olvido la importancia de comunicarme clara y efectivamente en todo los ámbitos de mi vida, tanto personal como profesional. Aquel día comprendí que un simple mal entendido puede desencadenar un verdadero caos, y que la clave para evitarlo está en hablar y escuchar con atención.

En una reunión, unas amistades comentaban que cocinar ente amigos y en familia resultaba relajante y desestresante. Al pedir mi opinión, les expliqué que, en un restaurante, la experiencia es muy diferente: allí se trabaja bajo una presión constante, sin margen para el descuido. La única manera de salir exitoso de la jornada diaria era a través de la comunicación ininterrumpida con el equipo. Mientras ellos disfrutan la cocina como un momento de esparcimiento, para nosotros representa un desafío diario donde cada detalle cuenta y la precisión es fundamental.

A lo largo de este extenso recorrido por el mundo de la gastronomía, llegué a trabajar con muchos extranjeros, que no hablaban español, y poseían culturas diferentes. Las personas me preguntaban cómo hacía para entender a los chef que no hablaban nuestra lengua, yo le respondía que utilizaba el lenguaje universal gastronómico, la terminología culinaria. Pero lo más importante era aquello que nos caracteriza a los venezolanos. La hospitalidad, con una sonrisa sincera y los brazos abiertos, lograba derribar cualquier barrera. Para nosotros los venezolanos, no existe frontera, solo el respeto profundo por todos aquellos que nos visitaban, ya fueran turistas o personas que venían para quedarse a trabajar.

Cierto día estaba observando el trabajo que realizaba el equipo de cocina, noté que algunos actuaban mecánicamente, como si siguiera un guion sin alma. Por eso me reuní con ellos y les dije, que en la cocina no podemos actuar como robot. Cuando pasamos a la acción, debemos hacerlo con pasión, porque el objetivo no es solo terminar las tareas, sino perfeccionar cada día lo que hacemos. Aquí cada plato lleva un pedazo de nosotros. Por lo tanto trabajemos con el corazón.

En múltiples ocasiones me llegaron a preguntar si cuando corregía a un cocinero, le gritaba e insultaba como hacían otros chefs. Le respondía que la disciplina no es maltratar. Si tengo que corregir a un miembro del equipo, lo hago con la base del conocimiento, mediante una realimentación privada y constructiva, enfocándome en la solución y no en la culpa. Para mí, liderar es enseñar con respeto, porque solo así se forma un equipo sólido y se logra la excelencia sin perder la dignidad de las persona.

En una ocasión fui contratado como consultor por un restaurante que atravesaba una crisis operativa. El servicio no fluía, reinaba el caos y el ambiente laboral era tenso. Al llegar realicé un diagnóstico exhaustivo de la situación y pronto identifiqué el origen del problema: una profunda falta de comunicación. No solo existían fallas dentro del equipo de cocina, sino que también había una desconexión total con el personal de sala, integrado por el maître, los capitanes y mesoneros. Esta fragmentación generaba retrasos, pedidos equivocados y una experiencia insatisfactoria para con los comensales.
Para resolver la situación, decidí actuar como puente entre ambos grupos. Convoqué una reunión conjunta con los dos equipos y abordé el problema con claridad y firmeza. Me dirigí al chef, le señalé la necesidad de dar instrucciones más precisas a su personal y abrir un canal de comunicación directo y constante con el maître, le comuniqué que cualquier modificación en el menú debía ser notificada de inmediato al equipo de sala, así como la falta de algún producto para evitar ofrecer platos que no estuvieran disponibles.
Poco apoco, la comunicación empezó a fluir. Establecimos reuniones breves antes de cada servicio para alinear criterios, y se crearon protocolos sencillos para transmitir la información en tiempo real. Los mesoneros comenzaron a conocer con anticipación los cambios en la cocina, y el maître pudo coordinar mejor las expectativas de los clientes con la realidad del servicio. El resultado fue una transformación notable: el caos inicial dió paso a una un flujo de trabajo armonioso, los comensales notaron la mejora y el restaurante recuperó su prestigio. Todo comenzó con una comunicación honesta y la voluntad de trabajar en equipo.

Es oportuno recalcar que cuando hablamos de liderazgo, muchos imaginan que el jefe de cocina solo se dedica a dar órdenes, pero la realidad es muy distinta. La experiencia me ha enseñado que escuchar se convierte en una herramienta fundamental. La confianza, la empatía y una comunicación fluida con cada miembro del equipo de cocina son los pilares que sostienen un verdadero liderazgo. En el día a día, detrás del bullicio de las ollas y el filo de los cuchillos, aprendí que quien lidera no impone, sino que conecta. Escuchar las inquietudes, valorar el esfuerzo ajeno y construir puentes en lugar de muros transforman un grupo de personas en un equipo sólido. Así, el respeto crece, los errores se corrigen con aprendizaje y cada plato que sale de la cocina lleva consigo el sabor del trabajo en armonía.

Si tuviera que definir la cocina, diría que es pasión: un laboratorio donde el caos se transforma en placer. Pero ese proceso solo es posible cuando existe un ingrediente invisible y determinante: la comunicación.

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Sorbino Salazar Romero es Chef de Cocina y consultor gastronómico con amplia experiencia en la alta hotelería y más de treinta años de trayectoria formativa. Su trabajo integra la práctica profesional en cocinas de alto nivel con una visión pedagógica orientada al desarrollo de competencias y cultura de servicio. Es Licenciado en Ciencias de la Gastronomía por la Universidad Simón Rodríguez y egresado en Educación por la Universidad Nacional Abierta.

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