Cuando este investigador tenía 7 u 8 años de edad, llegaba a la tienda de su padre ubicada en Juangriego, una señora llamada Antonia Wettel. En ese momento, sentía cómo la emoción de su llegada surtía un efecto positivo en sus padres y hermano mayor: Andrés, quien acompañaba a su papá en la tienda. Recuerda a esta señora colocar las cestas en el piso a la entrada de la tienda, y las iban llenando poco a poco, con los pedidos realizados: 25 cortes de tela medio luto, 25 cortes de tela de color, (un corte de tela son 3 metros), media gruesa de peines, (una gruesa son doce docenas), tres docenas de medio fondo, tres docenas de fondos, interiores, sostenes, pantaletas, mentol chino, agua divina, alcoholado, hilos y agujas de coser, paños de mota, pantalones y camisas de kaky, pantalones y camisas de saco de harina, elaborados por Cruz Bonive, el suegro del recordado Ángel Félix Gómez o en la Sastrería de los Hermanos Bor, en fin, un sinnúmero de mercancías que llenaban esas cestas. Luego de esto, el dueño de tienda la llevaba a su casa de residencia a El Palito de Pedregales. En investigación realizada por este autor, la mayoría de los comercios del Juangriego de ese entonces eran como el de su padre, surtidos para cubrir la demanda realizada por estas señoras. Eran muchas mujeres dedicadas a este tipo de comercio, entre las que puedo mencionar: Antonia Wettel, Francisca Hernández, María del Carmen González, Catalina Ramona Rodríguez Wettel, nacida en 1941 y que dio inicio en 1947 a trabajar como marera, todas del Palito y Petra Rodríguez de Pedregales, Mercedes del Valle Mata Vda de Marcano, inicio en el 49 a desempeñarse como tal. Manuela Marcano, Antonia Quijada, éstas de Los Millanes, de La Asunción Augusta Millán, Sabina Murguey, Julia Calderín, Melchora Calderín y Carmen Ferrer Suárez y la señora de 95 años de edad y con su mente lúcida Reina León de Las Piedras del Valle del Espíritu Santo. Esta investigación se realizó en principio revisando exhaustivamente la evidencia literaria correspondiente a las mareras del estado Nueva Esparta, sólo se encontró en el texto de José Joaquín Salazar Franco, Cheguaco, un artículo relacionado con estas señoras y que ha sido señalado en varias investigaciones relacionadas con las tradiciones margariteñas. Y en segundo lugar se entrevistó en profundidad a tres actores que vivieron estas odiseas en primera plana, Andrés Avelino Marín, Catalina Ramona Rodríguez Wettel y Mercedes del Valle Mata Vda de Marcano y a varios hijos y descendientes de algunas de las señoras arriba indicadas. Una investigación netamente cualitativa con enfoque fenomenológico, basado a lo propuesto por Martín Heidegger (1990), aun cuando se introducen algunas cifras de manera explicativa.

Objetivo Central de esta exposición:

Reconocer en el ámbito del estado Nueva Esparta la labor realizada por estas mujeres emprendedoras, Dinamizadoras de la economía del estado, cuyos pobladores lejanos de los centros donde estaba ubicado estos comercios podían tener acceso a sus mercaderías. En síntesis, el Objetivo es Mostrar la labor social y económica realizada por estas mujeres desde los años 40 hasta los inicios de los años 70, que con el arribo de la Zona Franca vieron mermar esta actividad emprendedora.

A manera de Contexto Histórico.

Desde los inicios de la civilización, las dos primeras: la Mesopotámica alrededor del rio Éufrates y Tigris, y la egipcia alrededor del rio Nilo, aun cuando algunos estudiosos del arte indican que fue la Sumeria, 5500 años A.C., ellas se desarrollaron a partir de cazadores-recolectores que establecieron comunidades semipermanentes y después permanentes tras asentarse en un estilo de vida agrario y empezar a producir excedentes alimentarios. Pero lo cierto que ellas nos dejaron pruebas fehacientes en los pictogramas del Antiguo Egipto y Mesopotamia y posteriormente en los jeroglíficos, de las mujeres transportando en sus cabezas sendas canastas llenas de sus productos agrícolas, o de cantaros llenos de agua.

No es difícil realizar un ejercicio imaginario de cómo llegó a la isla de Margarita esa costumbre milenaria. En el contexto de la Isla de Margarita, la mara es una cesta plana y redonda que las mujeres, las usan para transportar productos, principalmente pescado y frutas, a menudo sobre sus cabezas. Estas cestas están hechas de un tejido de fibras naturales, como la palma o el bejuco, y son muy características de la región. No es fácil ser una cargadora de maras en la cabeza, aguantar ese peso sobre la cabeza, mientras se camina requiere, en primer lugar, un largo entrenamiento que normalmente inicia en la infancia; también, buena musculatura y, por último, aprender a andar con incrementos graduales de carga para repartir el peso por toda la columna vertebral; solo así se evitan fracturas o daños en cuello o espalda.

Algunas fuentes científicas indican, que la cabeza humana es capaz de soportar el 20% del peso corporal en carga, pero otras fuentes apuntan a que podría aguantar hasta su peso corporal sin sufrir daños. Eso sí, lograrlo requeriría años de práctica.

En la actualidad este medio de carga ha sido sustituido por equipos motorizados, aunque aún nos encontramos con las vendedoras de meriendas, en las fiestas patronales y en nuestras playas las que nos venden las conservas que caminan, por ejemplo: desde playa Parguito hasta el final de Playa El Agua con esa ponchera cargada de sus exquisitas conservas, retando la arena y el sol inclemente.

Antecedentes.

Tomado del libro USOS Y COSTUMBRES TRADICIONALES EN MARGARITA, de José Joaquín Salazar Franco (CHEGUACO), JUNIO DE 1986.

La mayor parte del transporte dentro de la Isla de Margarita lo llevaban a cabo los burros y las mareras. Mareras se denominaban a las mujeres que iban de un sitio a otro con una mara en la cabeza transportando productos de cualquier naturaleza. Las maras margariteñas eran cestas semiesféricas tejidas con bejucos silvestres o listoncillos de madera adelgazados, y las había grandísimas, medianas y pequeñas, de conformidad a como fuera la resistencia de quienes las cargaran y del contenido que en ellas tenían que desplazar. En las maras se llevaban productos del campo hacia las regiones costeras y se traían desde allí productos del mar, tales como pescado y sal, hacia los pueblos interioranos.

También se cargaban en las maras, panes de trigo, melindres, confites y dulces de tamaños y de formas diferentes. Asimismo, se transportaba en maras la mercancía seca para irla vendiendo o fiándola de casa en casa; y hasta los huevos de gallinas, de patas y de pavas se conducían en maras hacia los sitios de consumo.

Las mujeres cargaban todo el tiempo las maras en la cabeza mientras que los hombres lo hacían en los hombros, pero a éstos, aunque ejecutaran ese trabajo al igual que las mujeres, nunca se les decía mareros. Las mujeres, cuando la carga era demasiado pesada y las distancias prolongadas, para descansar un poco, alzaban la mara con los brazos y caminaban así trechos largos, para después dejarla apoyar nuevamente y seguir su recorrido “como si en el mundo de Dios”. Fueron famosas las mareras de La Asunción, de Tacarigua, de Paraguachi, de Los Robles, de El Tirano, de Manzanillo, de Pampatar de El Alto del Moro, de Los Millanes, de San Juan, de El Maco, de El Cercado y de muchos otros pueblos de la Isla, que recorrían diariamente y a cualquier hora, los distintos caminos, buscando el sustento para sí y para los suyos. Había algunas mareras que mientras caminaban con su mara en la cabeza, iban haciendo otro trabajo manual, como el de hilar, tejer crinejas o desmotar algodón, sin que en ningún momento perdieran el equilibrio. Por la madrugadita se escuchaba el canto de las mareras cuando iniciaban la jornada y por la tarde se volvía a escuchar cuando regresaban a sus casas cansadas y sudorosas, pero siempre alegres. Los automóviles fueron acabando con las mareras de la Isla, al extremo de que ya son poquísimas las que quedan en ejercicio de ese trabajo, pero sin aceptar que les digan mareras por parecerles el término denigrante y ofensivo.

A propósito de este texto del recordado José Joaquín Salazar Franco, Cheguaco, particularmente se entrevistó a la señora Catalina Ramona Rodríguez Wettel, hija de la señora Antonia Wettel, la misma que inspiró realizar estas investigaciones.

Se le habló a ella sobre este artículo, en lo referente a que ellas se levantaban las cestas a manera de descanso de tanto peso y ella me dijo que era cierto, me dijo: “sí nosotras bajábamos las maras, y cada cargadora lleva una mara, como puede una compañera ayudar a subírsela. Por eso la levantábamos con los dos brazos, estirábamos el cuello, lo meneábamos, movíamos, subíamos y bajábamos de adelante para atrás y resollábamos y luego de ese corto descanso nos volvíamos a poner la mara en la cabeza y reanudábamos la caminata”.

De igual manera, me dijo que en efecto cuando los caminos eran largos y monótonos ellas se ponían a tejer crinejas para los sombreros y mapires, o alpargatas, o cualquier cosa porque era largas caminatas. Es sumamente importante recordar que las señoras a las que este investigador se refiere son las que pasaban una semana caminando, yendo y viniendo de Juangriego hasta Boca del Río, pasando por todos los pueblos intermedios como lo son: la Guardia, Las Giles, Los Bagres, Los Gómez, Las Villarroeles, Las Hernández, Santa María, Laguna de Raya, La Restinga, Boca de Palo, Chacachacare, Boca de Rio, y toda la península de Macanao, pasando la noche en casa de algún conocido que inicialmente fue su cliente y luego le prestaba asilo. En estos momentos en las condiciones actuales de las vías de circulación de la isla, Juangriego dista de Chacachacare en 40 Km. Y dista de la Asunción en 15 Km. igualmente se refiere a las que se levantaban a las 4 de la mañana recogían los frutos cosechados el día anterior o la leche recién ordeñada y lo llevaban de la Asunción hasta Juangriego o Porlamar a sus mercados públicos, antes de las 7 am a fin de que sean vendidos a sus comensales y luego cargar las cestas con pescado salado u otros encargos y llevarlos a sus hogares a fin de venderlos antes del mediodía. Imaginen: Una cesta montada en la cabeza subiendo y bajando El Portachuelo para llegar a Juangriego con la leche fresca, recién ordeñada, a las 7 salir cargada con las botellas vacías y encima pescado salado para ser llevado antes de las 11 am para el almuerzo. Una vida realmente ajetreada. Con la llegada de los automóviles estos viajes caminando se vieron aminorados mas no el emprendimiento, ellas contrataban un chófer que las llevaba temprano en la mañana y las buscaba en la tarde para dormir en sus casas.

También se refiere el autor a las que vendían en la Isla de Coche, atravesando el espacio oceánico en barcos propulsados a vela, “y muchas veces quedando a la merced de la bonanza, sin un soplo de viento, a lo que dispusiera las mareas, las ballenas y tiburones cerca de nosotros”. La señora Mercedes me indicaba que tres días les llevaba recorrer todos los pueblos de Coche: “San Pedro de Coche, El Bichar, Guinima, El Amparo y El Guamache, eran los cinco pueblos de Coche, nos quedábamos en casa de amigos que mi suegra conocía de toda la vida trabajando para allá”, se retiró cuando nació su única hija, en el año 1967, “hasta que me retire no había asfalto y era un solo camión lo que había para repartir el agua”.  Catalina Ramona Rodríguez Wettel agregó: “mijo, las arepas eran de maíz, Harina Pan no existía, había que sancochar el maíz en la tarde, dejarlo reposar toda la noche y levantarse temprano para molerlo a pilón, pilar y pilar, o con unas piedras grandísimas, y tostar el café, luego a tejer alpargatas, y salir en la tarde a buscar leñas. La vida era de mujeres guapas, yo tuve mis once hijos, lavé y planché ajeno, cargué la mara pareja, y nunca le falto un bocado en la boca”.

Realmente la vida de las mujeres de ése entonces era muy difícil, sólo le faltó detallar el trabajo que tenían de ir a los pozos a buscar el agua, cargándola con tinajas en la cabeza, a las jóvenes mujeres que pudieran leer este artículo que le sirva de inspiración cuando hallen alguna excusa para no realizar alguna labor.

La población del estado Nueva Esparta.

En 1941, la población del estado Nueva Esparta en Venezuela era de aproximadamente 69.195 habitantes, según datos históricos. Este dato corresponde al censo de población realizado por el Ministerio de Fomento, Dirección de Estadísticas y Censos Nacionales, en ese año y refleja el número de personas que residían en las islas de Margarita, Coche y Cubagua, que conforman el estado. Es importante mencionar que Nueva Esparta es el estado más pequeño de Venezuela, conformada por tres islas. La isla principal es Margarita, donde se encuentran las ciudades más importantes como La Asunción (la capital), Porlamar (la ciudad más poblada) y Juangriego como la segunda ciudad comercial del estado, la segunda es Coche con cinco pueblos para la fecha de este estudio y Cubagua donde tan solo había algunas rancherías de pescadores.

Del Censo Nacional Poblacional del año 1950, podemos observar que más de una tercera parte de la población del estado Nueva Esparta vivía en centros rurales, comunidades apartadas de los centros poblados primordialmente conformadas en rancherías de pescadores y que son los fundadores de los centros poblados periféricos actuales de estado. La diferencia de los años 1936 y 1941 se explica por el éxodo de los Neo espartanos a los centros petroleros de ese entonces, debido en primer lugar por el huracán de 1933 que causó gran devastación en la isla de Margarita, según relatos, fuertes aguaceros precedieron a un vendaval que causó consternación entre los habitantes, este evento es recordado como un hito en la historia de la isla. Y en segundo lugar por la falta de servicios y oportunidades de trabajo que presentaba el estado. Por otro lado, es menester reconocer que estas poblaciones rurales, ubicada en lugares apartadas eran atendidas por estas señoras mareras, más de una tercera parte de la población del estado, y no solo ellas, recordemos que también las que cargaban los frutos recolectados o la leche recién ordeñada y las llevaban a los mercados públicos de Porlamar o de Juangriego. Luego este porcentaje de habitantes atendidos por estas señoras mareras se va incrementado sustancialmente.

Rasgos de las Mareras

Los rasgos característicos de la mareras: Mujeres Fuertes, audaces, creativas, emprendedoras, inteligentes, comerciantes, honradas, pagadoras, solidarias. Poseedoras de un Espíritu emprendedor: para los años en estudio, la falta de ofertas laborales impulsó a estas mujeres a crear su propio negocio. Por otro lado, es fundamental que toda persona emprendedora detecte oportunidades en el mercado, es decir, necesidades de consumidores que no están cubiertas y las aprovechen con la creación de una empresa. Proactividad y capacidad de adaptación al cambio. La Formación y/o entrenamiento necesario para tal acción. Todas estas mujeres debieron ser líderes, con habilidades de comunicación, la capacidad de tomar decisiones y dar ejemplo a su equipo. Otro de los rasgos de ellas debió ser la Empatía, La capacidad de comprender y compartir los sentimientos de los demás, la Empatía nos permite ver las cosas desde la perspectiva del otro en vez de la nuestra. Como característica final debemos resaltar la confianza que se tenían tanto las mareras como los beneficiados de ellas, le indicaba a este investigador las entrevistadas que ellas nunca tuvieron problemas de cobro, siempre le pagaban, ellas muchas veces cuando iban dejaban a crédito la mercancía que muchas veces eran encargos, y cuando venían de regreso a Juangriego pasaban cobrando y le pagaban lo suministrado o le daban en trueque pescado salado que ellas veían con beneplácito ya que le podían sacar alguna ganancia al venderlo. Una relación basada netamente en la confianza.

La Red de Distribución Humana de la Isla

Para los años en estudio, el estado Nueva Esparta no poseía la infraestructura necesaria para que hubiese suficientes vehículos automotores que cubriese la demanda de transporte y adicional a esto, las distribuciones demográficas se combinan para darnos a entender o demostrar que la labor de las mareras era mucho más que un trabajo individual e indispensable para la población que ellas atendían. Ellas eran, en esencia, la red de distribución de última milla de la época, como fase final de la cadena de suministro, donde los productos se entregan desde un centro de distribución o almacén hasta el cliente final. Esta etapa es crucial y a menudo representa el mayor costo y desafío en la logística. La eficiencia en la última milla es vital para la satisfacción del cliente y la competitividad de las casas comerciales de esa época. Su alcance era masivo: Al llevar los productos directamente a los hogares de la mayoría de los habitantes, garantizaban que la economía local continuara fluyendo. Eran el eslabón vital que conectaba a los productores con un mercado masivo de consumidores que no tenían la capacidad de viajar. Ellas ejercían un Impacto Económico Directo: La gran cantidad de personas a las que servían significa que la cantidad de dinero que circulaba a través de su labor era significativa para la economía insular. Su trabajo no era un fenómeno marginal, sino una fuerza económica central. La labor desempeñada por las mareras era la respuesta humana, eficiente y resiliente a los desafíos geográficos y demográficos de la Margarita de 1950. Eran el corazón palpitante de la vida cotidiana para la gran mayoría de la población. Ellas debían superar la falta de infraestructura: En una época sin carreteras adecuadas, su capacidad para caminar y llevar la mercancía en sus cabezas garantizaba que los productos llegaran a lugares inaccesibles para el transporte motorizado. Eran el puente entre la oferta y la demanda, a pesar de las limitaciones geográficas.

Adicional lograban Reducir las barreras de acceso: Para una familia rural, ir a un centro poblado era costoso en tiempo y esfuerzo. Las mareras eliminaban esta necesidad, democratizando el acceso a bienes esenciales y productos que de otro modo serían inalcanzables. Esto no solo mejoraba la calidad de vida, sino que liberaba tiempo para que las familias se dedicaran a sus propias labores. Y lograban Fortalecer el tejido social: Más allá de la economía, el hecho de que llegaran directamente a los hogares creaba un vínculo personal y de confianza. No solo llevaban mercancía; también traían noticias, conversaban y formaban parte de la vida cotidiana de las comunidades.

En definitiva, las mareras eran una respuesta ingeniosa y eficiente a las limitaciones de su entorno. Su labor demuestra que el ingenio y la laboriosidad de las personas pueden dinamizar una economía incluso en las condiciones más precarias.

Teorías que pueden explicar esta labor:

1.- La Teoría de la Economía Informal y el Micro emprendimiento

En la actualidad, la economía informal es un campo de estudio por derecho propio, que atrae el interés de un número creciente de expertos de muchas disciplinas que van desde la economía, la antropología y las relaciones industriales hasta los estudios de género, las ciencias políticas, la sociología y la planificación urbana.

Las investigaciones recientes se enfocan en la magnitud y composición de la economía informal, el motor o las causas de la informalidad, las consecuencias de la informalidad en lo que respecta el bienestar y la productividad, y qué tipo de vínculos existen entre informalidad, formalidad, crecimiento, pobreza y desigualdad. Este resurgimiento de interés por la economía informal ha generado un replanteamiento significativo del concepto, y mejoras en la medición oficial del fenómeno.

A lo largo de los años el debate sobre la vasta y heterogénea economía informal se ha cristalizado en cuatro escuelas de pensamiento dominantes sobre su naturaleza y composición:

a) Escuela dualista: esta indica que el sector informal de la economía comprende actividades marginales –distintas del sector formal y no relacionadas con él y que proporcionan ingresos a los pobres y una red de seguridad en tiempos de crisis (Hart 1973; ILO 1972; Sethuraman 1976;Tokman 1978).

b) Escuela estructuralista: esta escuela percibe a la economía informal como unidades económicas (micro empresas) y trabajadores subordinados que sirven para reducir los costos de insumos y de mano de obra, y, de ese modo, aumentan la competitividad de las grandes empresas capitalistas (Moser 1978; Castells y Portes 1989).

c) Escuela legalista: mientras esta escuela indica que la economía informal está formada por micro empresarios “valientes” que eligen trabajar de manera informal a fin de evitar los costos, el tiempo y el esfuerzo del registro formal, y quienes necesitan derechos de propiedad para hacer que sus activos sean legalmente reconocidos (de Soto 1989, 2000).

d) Escuela voluntarista: esta escuela se centra en empresarios informales quienes deliberadamente tratan de evitar regulaciones e impuestos, pero a diferencia de la escuela legalista no culpa a los trámites engorrosos de registro.

Otra perspectiva a menudo enfocado en los países desarrollados y en transición, percibe al sector informal como producción ilegal u oculta y/o clandestina. La producción ilegal se refiere a actividades de producción que están prohibidas por la ley o que resultan ilegales si son realizadas por productores no autorizados, mientras que producción clandestina se refiere a actividades de producción que si bien son legales si se realizan en cumplimiento de las regulaciones, son deliberadamente ocultadas de las autoridades (Comisión de Estadística de las Naciones Unidas 1993).

Todas las escuelas relacionadas con la teoría de la economía informal se centran en las actividades económicas que no están reguladas por el gobierno y que operan fuera de los sistemas formales (sin licencias, sin registros de impuestos, etc.). En este contexto, nuestras protagonistas, las mareras, no eran simples vendedoras; eran micro-empresarias autónomas. Su actividad era su principal fuente de ingresos. Al vender productos, no solo se mantenían a sí mismas, sino que también sostenían a sus familias, inyectando dinero directamente en los hogares y la comunidad. Operaban con gran agilidad, adaptándose a la oferta de productos de la temporada y a las necesidades específicas de cada comunidad o cliente. Esto las hacía resilientes en una economía que no ofrecía muchas opciones de empleo formal.

2. El Vínculo con la Teoría de las Cadenas de Valor Locales

La Teoría de las Cadenas de Valor Locales, aunque no es un término formalmente establecido como tal, se refiere a la aplicación de la teoría de la cadena de valor en un contexto geográfico limitado, enfocándose en las relaciones y actividades dentro de una región o localidad específica. Esta perspectiva examina cómo las empresas y actores locales interactúan para crear valor y generar desarrollo económico en un área geográfica delimitada.

La discusión sobre el enfoque de cadenas globales de valor (GVC) se ha transformado en la última década en una herramienta de gran relevancia no solo para el análisis de las redes económicas globales en base a las cuales funciona crecientemente el capitalismo, sino también para la formulación de las políticas de desarrollo. Con ello, esta perspectiva ha tenido una creciente, aunque no siempre homogénea, asimilación institucional. De hecho, ha pasado a formar parte de las categorías que integran el repertorio de los organismos supranacionales, que comprenden tanto aquellos más ligados al diagnóstico y el asesoramiento (los vinculados a Naciones Unidas) como, más recientemente, aquellos que han operado como financiadores de las estrategias que, en su momento, fueron fuertemente dominadas por el Consenso de Washington (Fernández, 2015).

Algunas empresas informales y operadores por cuenta propia y, por definición, todos los trabajadores subcontratados producen bienes dentro de una cadena de valor. Las condiciones de la producción en las cadenas de valor son determinadas en gran parte por la empresa líder: en las cadenas domésticas, una empresa nacional grande; y, en cadenas de valor globales, una empresa transnacional grande. Los proveedores principales de la empresa líder (y a menudo empresas formales), también ayudan a determinar las condiciones de los subcontratos con empresas y trabajadores informales más abajo en la cadena.

En este enfoque de cadenas de valor, es donde su papel como dinamizadoras cobra su mayor relevancia. Una cadena de valor describe los pasos que se necesitan para llevar un producto o servicio desde su concepción hasta su entrega al consumidor. Las mareras eran el eslabón más crítico en esa cadena de valor local. Funcionaban como el puente logístico y comercial entre los pequeños productores del interior de la isla (agricultores, pescadores, artesanos) y los consumidores en los centros poblados. Sin las mareras, tanto los productores como los consumidores habrían tenido que invertir mucho más tiempo y esfuerzo en el transporte y la distribución. Ellas se encargaban de la logística, permitiendo que el productor se concentrara en su cosecha o producto y que el consumidor accediera a la mercancía sin tener que desplazarse lejos. Al vender, no solo

ganaban dinero, sino que también lo gastaban en la misma economía local, comprando otros bienes y servicios. Esto creaba un ciclo virtuoso de circulación de dinero que fortalecía la economía insular de abajo hacia arriba.

En resumen, evaluar su rol con merecido mérito significa reconocer que, aunque su trabajo no apareciera en las estadísticas macroeconómicas, era la fuerza motriz de la economía de subsistencia y del comercio interno en la Isla de Margarita. Ellas eran la infraestructura humana que hacía posible que el mercado local funcionara de manera eficiente y equitativa para todos.

Conclusión y Recomendación:

Estimar el porcentaje del dinero que estas mujeres manejaban, o inferir en la cantidad en efectivo que ellas operaban es realmente imposible, este investigador ha pensado en ello de todas las maneras posibles. Lo que si podemos inferir es que ellas atendían las necesidades de más de la mitad de la población del estado Nueva Esparta, rural o no.

Otra de las investigaciones que ha llevado a cabo es sobre los comercios de Juangriego en los años 50 a los 70, arroja que la mayoría de los comercios eran almacenes relacionados con estas señoras, y con la industria del maíz, sobre este grano se tejió una empresa al extremo que solo en Juangriego y sus adyacencias había cinco empresas de Molino de Maíz industrial, donde sacaban Maíz Pilao, Nepe, Maíz en Concha, Pico y la Harina de Maíz para Funche, que era exportada a las islas de las Antillas Mayores y Menores. Tema para otra investigación histórica.

No sólo los comerciantes de Juangriego se beneficiaban de estos emprendimientos, también los de Altagracia, de San Juan, de Porlamar, de los Millanes, en fin, todo el estado se veía afectado positivamente por estas señoras dinamizadoras del desarrollo insular.

Recomiendo a la Academia de la Historia del estado Nueva Esparta (AHENE), a La Asociación de Cronistas Oficiales del Estado Nueva Esparta (ACOENE), El Consejo Legislativo del Estado Bolivariano de Nueva Esparta (CLEBNE), a la Academia en voz de todas las universidades que hacen vida en el estado, a la Dirección de Cultura del estado Nueva Esparta, a La Cámara de Comercio, Puerto Libre y Producción del Estado Nueva Esparta y a todas las Autoridades Regionales que le competa esto, reconocer a estas señoras y aprovechar que varias están vivas, a que las reconozcan como dinamizadoras de la economía del estado Nueva Esparta o como Patrimonio Cultural Económico Intangible. Sería darles a ellas su sitial de honor que merecen dentro de nuestra insularidad.

Referencias

Castells, M. y A. Portes. 1989. “World Underneath: The Origins, Dynamics, and

Effects of the Informal Economy.” En A. Portes, M. Castells & Lauren A. Benton,

eds.

The Informal Economy: Studies in Advanced and Less Advanced Developed

Countries. Baltimore, MD, Estados Unidos: John Hopkins University Press.

Censo Nacional Poblacional 1950, República de Venezuela, Ministerio de

Fomento, Dirección General de Estadisticas y Censos Nacionales, VIII Censo

Nacional del 26/11/1950.

Comisión de Estadística de las Naciones Unidas. 1993. System of National

Accounts 1993. Nueva York: División de Estadística de las Naciones Unidas.

de Soto, H. 1989. The Other Path: The Economic Answer to Terrorism. Nueva

York: HarperCollins.

Fernández, Víctor R. (2015), “Global Value Chains in Global Political Networks:

Tool for Development or Neoliberal Device?”. Review of Radical Political

Economics, vol. 47, no 2, pp. 209-230

Hart, K. 1973. “Informal Income Opportunities and Urban Employment in Ghana.”

Journal of Modern African Studies, Vol. 11, Núm. 1.

Heidegger, M. (1990, pag.74), Carta sobre el Humanismo, Buenos Aires,

Argentina, Sur.

Moser, C.N. 1978. “Informal Sector or Petty Commodity Production: Dualism or

Independence in Urban Development.” World Development, Vol. 6.

Salazar F. José J. (CHEGUACO), JUNIO DE 1986, USOS Y COSTUMBRES

TRADICIONALES EN MARGARITA.

Sethuraman, S.V. 1976. “The Urban Informal Sector: Concept, Measurement and

Policy.” International Labour Review, Vol. 114, Núm. 1.

Tokman, V., ed. 1978. “An Exploration into the Nature of the Informal-Formal

Sector Relationship.” World Development, Vol. 6, Núm. 9/10

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José Ramón Romero Salazar es Licenciado en Ciencias Estadísticas, especialista y magíster en Finanzas, y Doctor en Ciencias Gerenciales. Su trayectoria integra la estadística, las finanzas, la gerencia y la investigación. Se ha desempeñado como profesor universitario, asesor académico de pregrado y postgrado, investigador y empresario, combinando su sólida formación académica con una amplia visión profesional y empresarial.

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