A lo largo de mi trayectoria en el mundo de la gastronomía, he tenido la oportunidad de observar y analizar a numerosos chefs, cocineros y personas del gremio que, muchas veces sin ser conscientes de ello, adoptan actitudes que brotan de lo más profundo de su ser interno. Con frecuencia, caen en la trampa de confundir el profesionalismo con el orgullo mal entendido y con el ego. Esa confusión, lejos de ser inofensiva, se convierte en el germen de prácticas y relaciones tóxicas dentro de la cocina.

Para desenmarañar este equívoco, es necesario definir con claridad cada concepto. El profesionalismo es ese conjunto de principios éticos que elevan nuestra labor a su máxima expresión; es la brújula que guía cada acción, desde la selección de un ingrediente hasta el trato con los comensales y compañeros. El orgullo, cuando se interpreta de manera sana, no es más que el sentimiento legítimo de satisfacción por un trabajo bien hecho, ese que nace después de una jornada agotadora pero exitosa, cuando se ha dado lo mejor de uno mismo. En cambio, el ego se presenta como la parte más oscura y engañosa del «yo» consciente: es la valoración excesiva de las propias capacidades, la necesidad insaciable de aprobación externa, el deseo enfermizo de tener siempre la razón y, paradójicamente, una manifestación encubierta de la inseguridad más profunda. El ego es un espejismo que promete fortaleza pero que, en realidad, encierra al individuo en la fragilidad de una fachada.

La profesión culinaria, como cualquier otra actividad humana, no escapa a esta realidad. Al contrario, el fuego, la presión y la búsqueda constante de la excelencia pueden avivar las llamas del ego con particular intensidad. He visto a muchos chefs, cocineros y —lo que resulta más grave— a principiantes en el arte de la cocina, que han decidido arrinconar el profesionalismo, la ética y el orgullo profesional para darle paso libre al ego. Han convertido a este último en un culto, erigiendo altares a su propia personalidad inflada, sin comprender que, en el fondo, esa actitud no es más que la máscara que oculta sus debilidades, sus miedos y sus carencias.

Recuerdo con claridad una imagen que ilustra a la perfección este fenómeno: la de un cocinero joven, talentoso pero inseguro, que recibió un día un cumplido exagerado de un comensal influyente. A partir de ese momento, comenzó a cambiar. Sus decisiones se volvieron autoritarias, dejó de escuchar a sus compañeros, y cualquier sugerencia era percibida como un ataque a su autoridad. Poco a poco, su armadura de ego fue haciéndose más pesada, hasta que lo aisló por completo de su equipo. El resultado fue predecible: un ambiente de trabajo tenso, errores evitables y, finalmente, el estancamiento de su propio aprendizaje. El ego no solo lo alejó de los demás, sino que lo desconectó de la esencia humilde y receptiva que todo cocinero debe conservar para crecer.

Este fenómeno no es nuevo, y para comprenderlo en toda su dimensión, quiero recordar una obra literaria que considero una metáfora extraordinaria de lo que sucede dentro de muchos fogones. Me refiero al libro El caballero de la armadura de hierro, de Robert Fisher. En mi concepto, se trata de una obra maestra que describe con precisión quirúrgica cómo los seres humanos construimos nuestro ego, lo idolatramos y terminamos confundiéndolo con nuestro ser real. El caballero de la historia se pone una armadura para demostrar su valentía, pero con el tiempo olvida cómo quitársela; la armadura se adhiere a su cuerpo, impidiéndole sentir el calor de un abrazo, la frescura de la brisa o el sabor genuino de la vida. Algo muy similar le ocurre al chef o cocinero que se deja atrapar por el culto al ego: se envuelve en una coraza de soberbia, reconocimientos vacíos y autoridad inapelable, y termina por perder el contacto con la esencia de su profesión, que no es otra que cocinar con el corazón, con respeto por los ingredientes y con humildad ante el saber infinito que aún le falta por descubrir.

El culto al ego en un chef o cocinero no nace de la nada. Comienza, por lo general, en el momento en que empezamos a recibir palabras y gestos de aprobación exagerada. Esa validación externa, tan halagadora en apariencia, nos compara y diferencia de los demás, o nos califica como «los mejores», «los más innovadores» o «los únicos capaces de lograr tal o cual hazaña». En ese instante, sin que casi nos demos cuenta, se desencadena una carrera desenfrenada por edificar un ego inmaduro pero sólido, una fortaleza ilusoria que nos proteja de los peligros de no llegar a ser lo que los demás esperan de nosotros. El miedo al fracaso, la angustia por no estar a la altura de las expectativas, el terror a la crítica y al ridículo: todas esas sombras se ocultan tras la máscara del ego inflado. Por eso afirmo que el ego no es señal de grandeza, sino todo lo contrario: es el grito silencioso de quien teme no ser suficiente.

He sido testigo de cómo jóvenes talentos, prometedores aprendices con habilidades innatas, se pierden en ese laberinto. Al principio, todo parece éxito: reciben premios, aparecen en redes sociales con postureos de superioridad, humillan de forma sutil a sus compañeros y exigen un trato especial. Pero la cocina es un terreno que castiga la soberbia con crudeza. El día que fallan —y fallan, porque nadie es infalible— no tienen la humildad para reconocer el error, ni la fortaleza para levantarse con ayuda de los demás. Se aferran a su armadura de hierro y se derrumban en soledad. El fracaso al que conduce el ego no es solo profesional: es también humano, emocional y, en muchos casos, profundamente triste.

Por todas estas razones, fruto de mi análisis y mi experiencia, quiero dirigirme especialmente a los jóvenes chefs, cocineros y aprendices que están forjando su camino entre sartenes y cuchillos. Les sugiero, con el respeto que nace de haber recorrido este mismo sendero, que no se dejen arrastrar por las palabras lisonjeras que no edifican. Aprendan a distinguir entre un cumplido sincero y una adulación interesada. Recuerden que el aplauso fácil suele ser el veneno que adormece la conciencia crítica. En lugar de buscar la aprobación externa, busquen la coherencia interna.

Mantengan siempre vivo su profesionalismo, entendido como el compromiso con la excelencia ética y técnica. No negocien su integridad por un momento de gloria pasajera. Cultiven un orgullo profesional sano, ese que nace de saber que dieron lo mejor de sí, aunque nadie los esté mirando o aplaudiendo. Pero, sobre todo, conserven la humildad como el ingrediente secreto de su receta de vida. La humildad no es debilidad: es la conciencia de que siempre hay algo nuevo por aprender, de que el ingrediente más humilde puede enseñar la lección más grande, y de que el mejor chef no es el que más sabe, sino el que más disfruta aprendiendo.

Aléjense de ese ego que promete grandeza pero entrega soledad. Huyan de ese culto a la personalidad que los convierte en estatuas inamovibles. Porque una estatua, por más hermosa que sea, no puede crear, no puede sentir, no puede compartir ni crecer. El ego no los llevará al éxito auténtico, sino al fracaso más profundo: el fracaso de haberse perdido a sí mismos en el intento de parecer lo que no eran.

La cocina es un acto de generosidad, no de ostentación. Es un oficio de servicio, no de dominio. Al final del día, detrás de cada plato hay una historia, y la mejor historia es la de quien cocinó con el corazón desnudo, sin armaduras, sin máscaras. Esa persona, esa cocinera o cocinero, será la que realmente trascienda. Y cuando mire hacia atrás, no verá un monumento a su ego, sino una larga mesa llena de comensales felices, compañeros agradecidos y un oficio honrado. Ese es el verdadero éxito. Ese es el camino que vale la pena recorrer.

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Sorbino Salazar Romero es Chef de Cocina y consultor gastronómico con amplia experiencia en la alta hotelería y más de treinta años de trayectoria formativa. Su trabajo integra la práctica profesional en cocinas de alto nivel con una visión pedagógica orientada al desarrollo de competencias y cultura de servicio. Es Licenciado en Ciencias de la Gastronomía por la Universidad Simón Rodríguez y egresado en Educación por la Universidad Nacional Abierta.

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